AdminMensajes: 4063Ubicación: Con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.Registrado: Mié Dic 06, 2006 1:22 am
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Un joven apuesto y galán llamado Don Diego conquistaba a todas las mozas que pasaban a su alrededor y no se le resistía ninguna.En la Ciudad era reconocido como un mujeriego y era la vergüenza de su adinerada familia.La tragedia llegó cuando en Cuenca apareció una joven y preciosa dama, de nombre Diana en la que D. Diego no tardó en poner el ojo.Pasaron los días y D. Diego no dejaba de cortejarla hasta que al final ella accedió a sus deseos.Esta relación no era bien vista por su reputado padre que sentía vergüenza ajena, estaba sumido en un dolor intenso al saber que su hijo vivía en pecado mortal. El día de los Santos , fecha en que era tradición recogerse en sus hogares a orar, D. Diego decidió hacer caso omiso a tales tradiciones y hacer una fiesta con sus amigos y su amada Diana.Los amigos temerosos de esa noche oscura y lúgubre sintieron miedo de la locura de D. Diego. Este se rió de sus miedos y se ofendieron. A raíz de esto todos marcharon menos uno que le retó en el Santuario de las Angustias. La noche tormentosa hizo desistir a éste único amigo y los amantes se quedaron solos. Ella le pidió a D. Diego que la poseyera en esa noche cristiana de Difuntos;él, lleno de pasión, accedió a sus peticiones y al ir a levantarle la falda a esa preciosa mujer no dio crédito a sus ojos, porque aquello que deberían haber sido unas suaves y delicadas piernas realmente eran unas peludas y grasientas patas de cabra. Ahora lo entendió todo, había vivido en pecado, había deshonrado a su familia y el diablo en forma de hermosísima mujer quería poseer su alma pecadora. Preso de la desesperación se agarró a la Cruz de los Descalzos rogando a Dios que le perdonara. Tanta fue su intensidad y su deseo de perdón que la huella de su mano quedó marcada en la Cruz. El diablo desapareció al ver que no tenía alma que poseer.
OTRA:
Leyenda de la Cruz del diablo
La tradición sitúa esta leyenda en el siglo XVIII.
Diego, hijo de un oidor de la ciudad, era la vergüenza de sus padres y de su familia, a los que deshonraba con costumbres licenciosas. De hermosa apariencia física, apuesto, conquistador, diestro en Justas y Torneos. Era, a pesar de sus calaveradas, el ídolo de las damas de la mejor sociedad conquense.
Una dama misteriosa, que apareció en Cuenca durante el verano, consiguió interesar a Diego, que intentó en seguida su conquista, pero desaparició de la ciudad tan misteriosamente como había llegado, sin que el joven consiguiera encontrarla, hasta que iniciado el otoño apareció otra vez en la ciudad.
Desde aquel momento, ya no se separó Diego de ella. De costumbres y manera tan licenciosas como aquél, la dama desconocida produjo el escándalo en Cuenca. Ante nada retrocedían, desprovistos de todo respeto humano y… hasta divino.
Nada consiguió el padre de Diego cuando trató de apartarlo de aquellos amores y conductas. Por toda respuesta le dijo que pensaba casarse con aquella dama, de la cual nada sabía, excepto su nombre: Diana. Nombre pagano que asustó al oidor, y pidió a Dios por aquel hijo depravado.
Continuaron aquellas relaciones escandalosas, y llegó el día de Todos los Santos. Precisamente aquella noche, la pareja, reunida con amigos y amigas de sus misma aficiones, se divertía y reía del miedo que mucha gente tenía en salir de su casa o bromear a propósito de los difuntos y vida de ultratumba. Diego llegó a discutir con Luís, uno de sus amigos, que se negó a acompañarle en un viaje que proyectó hacer en aquel mismo momento por el campo. De tal discusión resultó un desafío entre ambos, que quedó concertado para el amanecer del día 3, ya que Luís, temeroso, se negó a llevarlo a efecto aquella misma noche.
Pero Diego y Diana, acompañados de unos pocos, salieron y se dirigieron hacia el atrio de la ermita de las Angustias. Ninguna de las alocadas damas les acompañó. Sólo unos pocos, que muy pronto dejaron solos a los amantes.
La noche, tormentosa, con abundantes truenos y relámpagos, acabó en una lluvia que fue empapando los vestidos de Diana, sentada junto a Diego en las escaleras del atrio. Al advertir el joven el estado de Diana, completamente mojada, y tiritando él mismo de frío, le propuso guarecerse al abrigo de la ermita. La puso en pie, y al tratar de llevarla en brazos, debido a un relámpago deslumbrante y habiendo quedado un poco levantando el vestido, descubrió no una pierna de mujer, sino una horrible pata de cabra, peluda y fea, terminada en una horrible pezuña.
Diego comprendió al momento su equivocación. Había estado coqueteando con el diablo, en forma de bellísima mujer. Subió las gradas de la escalera donde se habían sentado y abrazándose a la cruz pidió auxilio a Dios. La fingida Diana desapareció en un alarido, envuelta en siniestros resplandores.
Diego aterrorizado, descendió las escaleras y se dirigió al convento de los Descalzos, en cuya puerta estaba la cruz. A su llamada respondieron los frailes, ante cuyo prior hizo el joven confesión de su terrible experiencia, así como de sus culpas. No quiso levantarse del suelo hasta que le permitieron quedarse en el convento.
Su arrepentimiento fue sincero y total. Vivió aún largos años de vida ejemplar y penitente, y murió santamente.
Recuerdo de esta leyenda es la cruz, que se conserva en el atrio del antiguo convento de los Descalzos, en cuyo centro se ve una mano extendida con cinco dedos, que según la tradición era la huella de la mano de Diego cuando se abrazó a la cruz pidiendo el auxilio divino, al identificar a Diana como el demonio.
Fuente: perso.wanadoo.es/laura.val/leyendasdecuenca.html#descalzos
_________________ Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que desconozco... |
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