ColaboradorMensajes: 420Ubicación: En el exilioRegistrado: Mar Dic 19, 2006 4:37 pm Nivel: 19
HP: 23 / 798
MP: 381 / 381
EXP: 420 / 466
Los exterminadores de toros JAVIER MARÍAS 03/01/2010
Resulta desalentador comprobar cómo el franquismo, o su espíritu dictatorial, sigue habitando entre nosotros, en nuestra sociedad y en nuestros demagógicos políticos. A todo el mundo se le llena la boca hablando de la libertad de expresión, pero casi nadie tolera que se le lleve la contraria, ni, aún más grave, que exista lo que, según cada cual, no debería existir. La próxima ley antitabaco, por ejemplo, de la que hablé hace unos meses, impide que existan locales en los que se reúnan los fumadores, en vez de aconsejar a los enemigos del humo que se abstengan de frecuentarlos, lo mismo que está vedado el acceso a los casinos y a los bares de topless, supongo, a los menores de edad, o que la mayoría de los heterosexuales procuran no entrar en sitios de ligue gay, porque allí nada se les ha perdido. Esa ley de Zapatero y Jiménez equivale a suprimir los lugares mencionados por si acaso a quien no le gustan se le ocurre meterse en ellos. Dicho sea de paso, mi artículo sobre dicha ley me costó, entre otros reproches, una ruin carta de la Presidenta de Nofumadores.org, en la que insinuaba que quizá yo cobraba de las compañías tabaqueras. De nuevo el espíritu totalitario: si alguien no opina como yo, será porque está comprado.
Vaya así por delante, en esta ocasión, que no soy aficionado a las corridas y que se cuentan con los dedos de las manos las veces en que he asistido a ellas, y sobraría algún que otro dedo. Tampoco tengo ningún contacto con el mundo del toreo ni desde luego he percibido un euro de nadie relacionado con él. Si las corridas se prohibieran, en nada cambiarían mi vida ni mis costumbres, luego carezco de todo interés personal o laboral en su permanencia. Pero tampoco tengo nada en contra de ellas, y en la iniciativa ciudadana de Cataluña que ha dado pie a que los políticos de esa autonomía aprueben debatir en su Parlamento su posible abolición en el territorio, sólo veo, por tanto, un afán más de prohibir aquello con lo que no se está de acuerdo, una muestra más del espíritu dictatorial y franquista que continúa anegándonos y envenenándonos.
Lejos de mi intención hablar de “tradición y cultura” o de “fiesta nacional”, esa clase de argumento patriótico me causa alergia. En esa iniciativa se mezclan dos cosas: por un lado, la ignorancia deliberada e interesada de los nacionalistas e independentistas –es decir, su necedad, pues justamente eso significa “necio” en la certera definición del DRAE: “Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber”–, que los lleva a creer –o a fingirlo– que las corridas son algo netamente “español” y no catalán, cuando su afición y arraigo en Cataluña han sido siempre fortísimos y están bien documentados; por otro, la frivolidad extrema de quienes se llaman a sí mismos “animalistas” (no sé si el “ismo” está de sobra) y de los ecologistas. En lo que respecta a los segundos, ya ha señalado el filósofo Gómez Pin en este diario que, según preservadores del medio ambiente, economistas, ganaderos y veterinarios, “el mantenimiento de no pocas dehesas (parques auténticamente naturales, donde un animal criado por el hombre goza de condiciones para realizar su naturaleza específica…) sería inviable sin la fiesta de los toros”. Si no hubiera ganaderías hace tiempo que esas dehesas estarían convertidas en urbanizaciones monstruosas, de esas que dicen combatir los ecologistas. En cuanto a los primeros, a los “defensores de los animales”, me temo que en este caso se convierten más bien en su mayor amenaza y sus mayores enemigos. ¿Por qué creen que todavía existe el toro bravo o de lidia? Se lo cría y cuida artificialmente y con esmero tan sólo porque hay corridas y otros espectáculos taurinos en nuestro país. ¿Acaso se ve a esa bestia en Alemania, Italia, Gran Bretaña o Rusia, fuera –tal vez– de unos pocos ejemplares que se utilizan como sementales? El toro no viviría espontáneamente. No es un bicho que pueda andar suelto por los campos sin poner en grave peligro a la población humana, ni que pueda valerse enteramente por sí mismo. Si se prohibieran las corridas y dejara de haber ganaderías, ¿quiénes se ocuparían de ellos, de alimentarlos, cuidarlos y controlarlos? ¿Esos “animalistas” a los que hemos visto emocionarse consigo mismos tras la votación del Parlament de Cataluña? Seguro que no. ¿El Estado? No creo que se encargase de tarea tan costosa como improductiva, y, si lo hiciera, es muy probable que los mismos abolicionistas de hoy protestaran por el dispendio inútil a cargo de los contribuyentes.
Quienes quieren acabar con las corridas, en suma, lo que pretenden –o pueden conseguir sin darse cuenta– es extinguir una especie, que sin ellas no sobreviviría. A lo sumo se destinarían a sementales unos pocos toritos, y seguramente se sacrificaría en su nacimiento a la mayoría de los machos. En vez de hacerlo en la plaza, tras darles una vida plena y libre de más de cuatro años, se haría en secreto, nada más ser paridos. Si eso da buena conciencia a los antitaurinos, que me expliquen los motivos. Porque, suponiendo que los taurinos sean “torturadores de animales”, los enemigos de las corridas resultarían ser exterminadores de animales. Y, francamente, entre los primeros y los segundos, prefiero con mucho a aquéllos, que al menos les causan una muerte en combate tras permitirles una vida. Éstos ni siquiera consentirían que tuviesen vida, ni que perdurase el toro bravo.
ColaboradorMensajes: 420Ubicación: En el exilioRegistrado: Mar Dic 19, 2006 4:37 pm Nivel: 19
HP: 23 / 798
MP: 381 / 381
EXP: 420 / 466
TRIBUNA: VÍCTOR GÓMEZ PIN Toros, lengua y estigma El Parlamento catalán debate una iniciativa de 'tono ecologista' sobre la abolición de las corridas de toros que enfrenta a partidarios y detractores de la 'fiesta'. Pero el asunto es más complejo de lo que parece VÍCTOR GÓMEZ PIN 16/12/2009
El 18 de diciembre se debatirá en el Parlament de Catalunya la aceptación a trámite de una iniciativa popular tendente a abolir las corridas de toros. Esta medida se inscribe en una secuencia de proyectos análogos, con arranque en abril de 2004, tras la declaración consistorial de Barcelona como ciudad anti-taurina.
Un segundo paso fue la moción abolicionista presentada también en el Parlament hace tres años, votada favorablemente, aunque postergada a efectos prácticos, quizás por la dificultad para asumir un provocativo párrafo que -evocando pretendidos estudios científicos- atribuía a los taurinos tendencias al abuso "hacia miembros de la sociedad, percibidos por los agresores como más débiles, como pueden ser las mujeres, los niños, los mayores o las personas inmigradas". Que nunca nadie haya pedido disculpas por esas palabras muestra que percibidos como débiles en Cataluña son en todo caso los taurinos, ya que pueden ser vejados en condiciones de total impunidad.
La abolición de las corridas de toros es ahora presentada como el corolario de un proyecto más general, que tendría marcado tono ecologista, apuntando a revitalizar el sentimiento de nuestra pertenencia a la naturaleza y la exigencia de proteger la biodiversidad. Tras estos argumentos abolicionistas es indudable que subyace un enorme problema filosófico y científico, en el que está en juego la concepción misma del hombre y de su lazo con las demás especies. Desde luego, una interpretación reduccionista del alto grado de homología genética que se da entre humanos y otros animales puede dar lugar a una revolución en el concepto que tenemos de comportamiento ético. Éste no pasaría ya por la exigencia de no instrumentalizar a los seres de razón, de tratar al hombre como un fin y nunca como un medio, sino por la empatía con todos los seres susceptibles de sufrimiento, en cualquier caso con aquellos dotados de sistema nervioso central.
Esta nueva ética tendría sin duda la dificultad de la coherencia, pues ¿cómo renunciar a la instrumentalización -empezando por esa forma mayor que es alimentarse de ellos- de seres dotados de sistema nervioso central, sin poner en entredicho las condiciones mismas de supervivencia de los humanos?
Una de las organizaciones que apoya la abolición con loable coherencia (pues, a diferencia de otras, se niega a hacer excepción de las fiestas consideradas oriundas de Cataluña, y que quedan prácticamente blindadas si prospera la presente iniciativa) dice en una resolución interna que "la tortura y los espectáculos crueles e inhumanos con los animales no pueden justificarse bajo la consigna de la tradición y la cultura". No puedo estar más de acuerdo.
Si la corrida de toros transgrediera ciertos imperativos éticos universales e irrenunciables (cosa que sí hace el que practica la vivisección sin anestesia de mamíferos superiores, o simplemente maltrata a su perro, confinándole en espacios donde no puede realizar su naturaleza) sería simplemente obsceno pretender defenderla en base a argumentos de fidelidad a tradiciones. El problema reside precisamente en determinar si la tauromaquia infringe alguno de estos imperativos absolutos. Obviamente los taurinos lo niegan y hasta suelen manifestar su sorpresa de que pueda considerárseles enemigos del pensamiento ecológico, o de carecer de sensibilidad para con los animales. Ecólogos, desde preservadores de medio ambiente en la baja Andalucía hasta responsables de los parques de la Camarga francesa; economistas, ganaderos o veterinarios, coinciden en que el mantenimiento de esos espacios que son las dehesas (parques auténticamente naturales, donde un animal criado por el hombre goza de condiciones para realizar su naturaleza específica, es decir, para actualizar todas las potencialidades para las cuales se halla genéticamente dotado) sería inviable sin la fiesta de los toros. Y enfatizan el hecho de que para el toro la corrida no significa tanto sufrimiento como combate (de 15 minutos tras una vida enteramente libre de más de cuatro años), combate que en absoluto rehúye, lo cual sería incomprensible si se busca la analogía con un ser torturado.
Los taurinos ponen asimismo de relieve que su contemplación del sacrificio del animal nada tiene que ver con una complacencia ante el sufrimiento del mismo. El sacrificio sería simplemente el precio por un rito de marcado peso simbólico y artístico, precio no mayor que el de tantos otros que se dan en las culturas europeas o no europeas.
¿Argumentos discutibles? Sin lugar a dudas, pero en cualquier caso es lógico exigir que no se tomen decisiones irreversibles al respecto antes de que un debate sereno haya tenido lugar, debate que ha de comprometer a sociólogos, ecólogos, filósofos, genetistas, artistas, etcétera. Las decisiones políticas en materia de costumbres y de ética han de ser expresión de este sereno deliberar y no preceder o sustituirse al mismo.
El problema ético de la relación con los animales afecta hoy a muchos colectivos, desde consumidores de ciertos productos gastronómicos, hasta pescadores, pasando por empresarios de la avicultura industrial o propietarios de animales domésticos. La misma dificultad que presenta la generalización de prohibiciones que supondrían la desaparición de actividades de gran peso económico hace que las propuestas abolicionistas sean permanentemente diferidas.
Los taurinos tienen, sin embargo, la sensación de una suerte de agravio comparativo y que, aun en una sociedad en la que muchas otras actividades susceptibles indiscutiblemente de violentar la conciencia ecologista o animalista son toleradas (simplemente por la relación de fuerzas), los taurinos son erigidos en chivos expiatorios, en nombre de una utilización política de la ecología, a veces sin relación con la ciencia ecológica, de cuyos corolarios los taurinos serían quizás ardientes defensores, simplemente si se les diera la posibilidad de posicionarse en un debate racional.
Y en otro orden de cosas, la radicalidad de los anatemas que se vierten sobre la fiesta de los toros es vivida como una suerte de repudio, no sólo por los taurinos, sino por tantos otros ciudadanos de Cataluña que, sin haber pisado nunca una plaza de toros, saben que la tauromaquia constituye una referencia de primer orden y una nota de identidad cultural para algunos de sus amigos o conocidos, y que lo era en cualquier caso para sus mayores. Entre estos últimos, a veces personas que fueron víctimas de la depredación económica por el franquismo de sus lugares de origen, y en consecuencia dolosamente forzadas a emigrar; personas que hoy son parte incuestionada del tejido social de Cataluña y probablemente han apoyado en su mayoría a las organizaciones constitutivas del llamado Tripartit; personas que hoy son padres de jóvenes cuya lengua propia es el catalán, y que no aciertan a entender que, en nombre de la pretendida voluntad de estos mismos hijos, se repudie algo que ha marcado hasta las metáforas de su lenguaje; personas en definitiva que sí han apostado a que una Cataluña soberana -y eventualmente independiente- se forjaría como espacio integrador de la diversidad de lenguas y culturas de los que en ella habitan: "No estigmatizar ni a los que están en contra ni los que están a favor, sea cual sea su idioma de origen", decía el entonces alcalde Joan Clos, tras el pleno que declaraba el carácter antitaurino de la ciudad de Barcelona. Si se trataba meramente de defensa de los animales, ¿a qué venía esta farisaica alusión a la lengua? Conviene, en efecto, evitar que ese sello candente al que remite la palabra estigma sea impreso como marca de infamia, ni siquiera en aquellos que "por su idioma o su origen" podrían ser considerados mayormente susceptibles de abrigar vergonzosos sentimientos de empatía con lo que significa la fiesta de los toros.
ColaboradorMensajes: 420Ubicación: En el exilioRegistrado: Mar Dic 19, 2006 4:37 pm Nivel: 19
HP: 23 / 798
MP: 381 / 381
EXP: 420 / 466
Ética de los toros JAVIER CERCAS 24/01/2010
Las líneas que siguen sólo aspiran a ser una contribución a la campaña en contra de que se supriman en Cataluña las corridas de toros, amenazadas de muerte desde que el 18 de diciembre pasado el Parlament admitió a trámite una iniciativa que propone terminar con ellas. Antes que nada advertiré que no soy aficionado a los toros y que lo único que sé de la fiesta se lo debo a mi padre, veterinario y taurino; a los tres o cuatro libros que he leído sobre el tema y a las tres corridas que he presenciado en directo. También diré que no entiendo que la línea principal de defensa de los taurinos ante la amenaza a la fiesta haya sido la apelación a la libertad y que tantos de ellos hayan proclamado: "Yo no soy partidario de prohibir nada"; vaya, pues yo sí: desde el asesinato hasta el fraude fiscal, se me ocurren muchísimas cosas que prohibir, porque la civilización consiste antes en prohibir que en tolerar, y no creo que la existencia de las corridas tenga mucho que ver con la libertad. Última advertencia: en los días previos a la admisión a trámite de la moción antitaurina me sorprendió la escasa beligerancia de los aficionados en favor de los toros. Hay quien ha explicado esa mansedumbre por el miedo que tendríamos los catalanes a enfrentarnos al nacionalismo catalán, una parte del cual ha hecho bandera de la abolición de los toros en su afán por extirpar de Cataluña cualquier rastro de cultura española; el argumento es endeble: la verdad es que el nacionalismo catalán da tanto miedo como la bruja del tren de la bruja; también es contradictorio, sobre todo cuando quienes lo esgrimen recuerdan con razón la catalanidad de la fiesta, una catalanidad que, aunque la nieguen los ignorantes, fue respaldada en el Parlament por todos los partidos, incluidos los nacionalistas. En un artículo imprescindible (La última corrida, El país, 2-5-2004), Vargas Llosa propone una razón más convincente para la habitual pasividad de los taurinos ante las amenazas a la lidia: una mala conciencia que se explica porque "nadie que no sea un obtuso o un fanático puede negar que la fiesta de los toros" es un espectáculo "impregnado de violencia y crueldad".
Este hecho notorio me parece un prólogo obligado a la defensa de la corrida. A mi juicio, hay al menos dos tipos de razones que explican su crisis y amenazan su perduración: razones éticas y razones estéticas; hay quien aduce también razones ecológicas, pero estas carecen de fundamento: como se sabe, sin las corridas el toro de lidia desaparecería. Aunque no suelen discutirse, las razones estéticas no me parecen banales. Yo no sé si el toreo es un arte, pero basta ver a José Tomás, solo e inmóvil en el centro del ruedo mientras lleva y trae a su antojo a un animal salvaje de 500 kilos con la única ayuda de su capa, para comprender que si no es un arte, se parece tanto al arte que es muy difícil distinguirlo de él; también para admitir que quizá es un arte demasiado serio para nuestro tiempo: nos guste o no, nuestro tiempo propende al arte intrascendente, al arte como diversión y entretenimiento, a un arte lúdico que desprecia o no entiende un arte que también es un juego, pero un juego en el que uno se lo juega todo, porque en él están en juego la vida y la muerte.
Las razones de orden ético son más evidentes. Vargas Llosa apela para discutirlas a Elizabeth Costello, una novela de J. M. Coetzee que es la más lúcida, radical y conmovedora defensa de los derechos de los animales que conozco: baste decir que para la protagonista -deliberado portavoz del autor- cualquier muerte de un animal es un crimen, y que los mataderos donde sacrificamos a diario miles de animales son equivalentes a los hornos crematorios nazis; la admirable intransigencia de Costello le permite a Vargas Llosa concluir que "si se trata de poner punto final a la violencia que los seres humanos infligen al mundo animal (...), habrá que hacerlo de manera definitiva e integral", no suprimiendo farisaicamente el sacrificio público de los toros y permitiendo que perduren las infinitas y secretas formas de tortura y muerte que padecen los animales. Tiene razón; pero hay más. Porque Vargas Llosa no cita u olvida que la mismísima Costello hace una suerte de defensa de la corrida; traduzco: "Matemos a la bestia a toda costa, dicen; pero hagamos de ello una contienda, un ritual, y honremos a nuestro antagonista por su fuerza y bravura. Comámonoslo también, tras haberlo vencido, para que su fuerza y su coraje nos penetren. Mirémosle a los ojos antes de matarlo, y démosle luego las gracias. Cantemos canciones sobre él. (...) A esto podemos llamarlo primitivismo. Es fácil criticar esta actitud, burlarse de ella. (...) Pero, hechas las sumas y las restas, desde el punto de vista ético hay en ella algo atractivo". ¿Qué es ese algo? La propia Costello lo insinúa: matamos al toro como a miles de animales, pero al menos al toro no lo matamos de forma abyecta después de haberle obligado a llevar una vida abyecta, sino que lo honramos antes de matarlo y después de haberle permitido vivir gozosamente y morir noblemente, peleando. A mí me gustaría que antes de votar el fin o la continuidad de los toros los parlamentarios catalanes recordasen las razones de Elizabeth Costello.
ColaboradorMensajes: 420Ubicación: En el exilioRegistrado: Mar Dic 19, 2006 4:37 pm Nivel: 19
HP: 23 / 798
MP: 381 / 381
EXP: 420 / 466
ESTOS SI QUE SE CARGAN LOS TOROS
CRÍTICA: La lidia FERIA DE INVIERNO El mundo del toreo está loco ANTONIO LORCA 28/02/2010
Ésta podría ser la crónica de una tarde triunfal en la que se cortaron seis orejas y dos toreros salieron a hombros. Pero, no. Sería un engaño, como tantos otros. Además, tres figuras como las de ayer, postineras y exigentes con el toro, con los compañeros y los billetes, exigen una crítica severa.
Vayamos por partes: la plaza no se llenó. ¡Mala cosa...! El toro, corto, muy corto de presencia, de fiereza y de casta. Bien es cierto que Vistalegre es plaza de segunda, pero no parece de recibo venir a Madrid con un torete sin cara y sin hechuras, más parecido al gato y al borrego, consecuencia, quizá, de la manipulación genética del toro bravo al que las figuras -las de ayer, también, a pesar de su juventud- han sometido al protagonista de esta fiesta. Y los toreros, dueños de todos los trucos inventados para encandilar a un público festivo al que había que dar un cursillo acelerado de tauromaquia antes de que su jolgorio acabe con la fiesta.
"El toreo está loco", decía una aficionada cuando El Juli paseaba triunfante y sonriente las dos orejas del cuarto de la tarde. Está, sin duda, loco, en el mejor sentido de la palabra: fuera de lugar, sin norte, disparatado, desubicado... ¿Pensaría alguno de los que aplaudían enfervorizados que el diestro madrileño había hecho el toreo? ¿Lo pensaría, acaso, el propio Juli, que se fajó, es verdad, con un animalito inválido al que citó siempre al hilo del pitón, abusó del pico y toreó hacia fuera? Ligó los muletazos y esa virtud enloqueció a los tendidos, pero quedó la impresión de que aquello era un engaño.
Mejoró Manzanares en el quinto. Bueno... Lo hizo bonito, porque su forma de interpretar el toreo reboza elegancia y armonía, pero no se rompió con el mejor toro de la tarde, ante el que nunca cargó la suerte y toreó despegado. Y Perera quiso comerse el mundo en el sexto, y tiró de la embestida en derechazos largos en las dos primeras tandas, momento en el que el animal se agotó.
Nada destacable en los tres primeros toros. El Juli se encontró con un becerrote de docilidad perruna; Manzanares persiguió a otro que huía despavorido, y Perera se las vio con el más sosón de la tarde.
Por cierto, no hubo tercio de varas porque la feble condición de la corrida no lo permitió, ni toreo de capote que merezca reconocimiento. Brilló el tercio de banderillas, mire usted, por obra y gracia de Curro Javier, Juan José Trujillo y Joselito Gutiérrez.
¿No dicen que el toreo vive un momento crucial? Pues, no se nota. Los toreros sigue a lo suyo: toros tontos para engañar mejor. Pero no se puede engañar siempre a todo el mundo...
AdminMensajes: 4063Ubicación: Con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo.Registrado: Mié Dic 06, 2006 1:22 am Nivel: 48
HP: 2543 / 8477
MP: 4047 / 4047
EXP: 4063 / 4307
Sigo sin tener una idea clara... Por un lado no me gustan los animales, pero me gustan los visones siempre y cuando sean de laboratorio... El toreo me parece un arte en algunos, pocos, toreros, pero no me convence lo de avivar y matar al toro Soy casi vegetariana, poca carne y algo de pescado, pero los zapatos tienen que ser de piel por salud y si el bolso es sintético me parece bien. Pero no tengo reparos en matar un bicho porque me dan un ascooooo... así que... qué?
_________________ Daría todo lo que sé, por la mitad de lo que desconozco...
ColaboradorMensajes: 420Ubicación: En el exilioRegistrado: Mar Dic 19, 2006 4:37 pm Nivel: 19
HP: 23 / 798
MP: 381 / 381
EXP: 420 / 466
ANTONIO LORCA El futuro de la lidia La revolución pendiente ANTONIO LORCA 05/03/2010
La fiesta de los toros vive un momento crucial de su historia. Y no sólo y exclusivamente por el debate político, antes que artístico, que se celebra en el Parlamento de Cataluña, sino por su propia y especial idiosincrasia. La crisis económica, la decadencia del toro bravo, las estructuras caducas y obsoletas del negocio, la desunión e intereses contrapuestos de los distintos sectores profesionales, unos canales representativos propios del sindicato vertical y la presión política y social de antitaurinos y nacionalistas son algunos -no todos- de los síntomas que presagian un futuro problemático para un espectáculo enraizado en la historia de este país.
Pero este arte sublime -una de las manifestaciones culturales más importantes en la historia de nuestro país- corre un serio peligro de desaparición si persiste en una actitud indolente mientras la sociedad se decanta por otras opciones de ocio.
Puede parecer éste un análisis catastrofista, si bien casi todas las fuentes consultadas por este periódico coinciden en esta apreciación, y ponen de relieve que sólo la ancestral oscuridad del mundo de los toros ha dificultado hasta ahora un análisis real de la situación. Pero todos están de acuerdo en que ha llegado el momento de la unidad, la renovación, -algunos hablan de revolución-, y de la adaptación de la fiesta a la modernidad. De lo contrario, la crisis, la inercia, el desamparo público y la ofensiva política pueden acabar con un espectáculo con más de dos siglos de existencia.
Sobran ganaderías, sobran toreros, sobran empresarios, y sobran, por encima de todo, individualismos y egoísmos sectoriales, de modo que prevalezcan la defensa de la pureza de la fiesta, los intereses de los espectadores y la solidaridad del mundo del toro frente a sus propios fantasmas.
El ganadero debe volver a ser el dueño y señor de su producto y no un fiel y seguro servidor de las imposiciones de la figura de turno como salvoconducto imprescindible para que sus toros no envejezcan en el campo.
El torero deberá olvidar la insolidaridad que lo caracteriza, pensar más en la fiesta y menos en sus intereses particulares, más en los espectadores y menos en su comodidad.
El empresario deberá promover actividades que susciten el interés social y el conocimiento de los misterios de la tauromaquia. Y entre todos deberán erradicar la sensación generalizada de que el fraude se ha instalado definitivamente en las plazas de toros. No son pocos los aficionados y expertos que opinan que todos los toros que salen a los ruedos sufren algún tipo de manipulación. Y la autoridad deberá ofrecer más diálogo, menos dispersión normativa -actualmente, junto al Reglamento nacional están vigentes los de Andalucía, País Vasco, Navarra, y Castilla y León mientras otras comunidades elaboran los suyos-, pliegos más generosos, impuestos menos opresores y, por encima de todo, debe superar sus viejos complejos: si la tauromaquia es un arte y, como tal, el propio Gobierno reconoce y premia a los toreros artistas -el Ministerio de Cultura acaba de conceder la Medalla de Oro de las Bellas Artes a Luis Francisco Esplá-, la fiesta de los toros no puede estar enclavada en el departamento que vela por el orden público y persigue a ladrones y terroristas.
En otras palabras, la fiesta de los toros vive un momento de desconcierto general, atacada desde distintos flancos externos, dividida internamente, agobiada por la crisis, sin ideas claras sobre su presente y futuro, y necesitada de cambios urgentes para sobrevivir. Existe una práctica unanimidad en torno a los perniciosos efectos de la crisis económica. De hecho, según datos de la Unión de Criadores de Toros de Lidia, en 2009 se han celebrado casi 500 festejos menos que el año anterior, lo que implica que hayan sobrado entre 2.000 y 4.000 toros.
Además, muchos ayuntamientos han disminuido o retirado las subvenciones, se ha incrementado la morosidad y ha descendido el precio de las corridas. A juicio del presidente de la Asociación de Ganaderías de Lidia, Eduardo Martín Peñato, el asunto se agrava porque "el espectáculo taurino es un producto prescindible, cuyo número se disparó durante la época de bonanza económica por razones de conveniencia política, especialmente en las plazas de tercera categoría".
Entiende, asimismo, que la crisis económica obligará a que las plazas de titularidad pública rebajen sus pretensiones económicas, expulsará del mercado a los empresarios no profesionales y desaparecerán muchos ganaderos de nuevo cuño que "han reventado el negocio con precios irrisorios".
De la misma opinión es el ganadero Juan Pedro Domecq, quien no duda en calificar la crisis como "terrible", y espera que los pliegos de condiciones sean más flexibles y permitan menos espectáculos -pero buenos- antes que la ruina del sector.
Sea como fuere, el asunto es muy serio, pues se considera que el sector taurino supone una facturación que asciende a 2.500 millones de euros y ofrece trabajo directo a unas 200.000 personas. La cabaña brava consta de 1.100 ganaderías, que ocupan más de 500.000 hectáreas de dehesa, y las vacas en edad de reproducción ascienden a 135.000 cabezas.
Pero los problemas no acaban aquí. A lo anterior hay que añadir la profunda desunión y mutua desconfianza existente entre los distintos sectores profesionales, una atípica relación laboral, los mecanismos anticuados de la representación empresarial y laboral, y la tradicional apatía de toreros y empresarios ante todo lo que no se refiera a sus intereses particulares.
De hecho, los empresarios están agrupados en tres asociaciones: ANOET, UNETE y ASOJET. Los ganaderos se unen en torno a la Unión de Criadores de Toros de Lidia, la Asociación de Ganaderías de Lidia, la Agrupación Española de Ganaderos de Reses Bravas, y Ganaderos de Lidia Unidos. Los toreros defienden sus derechos bajo el paraguas de dos asociaciones profesionales que no son sindicatos: TAURA y PROTAUNI. Y los hombres de plata forman parte de la Unión Nacional de Picadores y Banderilleros y la Unión Sindical de Mozos de Espadas y Puntilleros.
Crisis económica, ofensiva política, estructuras caducas, espectáculo aburrido, sectores divididos y enfrentados, insolidaridad manifiesta y un porvenir cuajado de interrogantes. Todos estos peligros han hecho que los protagonistas taurinos se sienten en torno a la llamada Mesa del Toro, porque todos ellos saben o deben saber que si no se unen, la fiesta se les va de las manos.
ColaboradorMensajes: 420Ubicación: En el exilioRegistrado: Mar Dic 19, 2006 4:37 pm Nivel: 19
HP: 23 / 798
MP: 381 / 381
EXP: 420 / 466
Torear y otras maldades MARIO VARGAS LLOSA 18/04/2010
El intento de prohibir las corridas de toros en Cataluña ha repercutido en medio mundo y, a mí, me ha tenido polemizando en las últimas semanas en tres países en defensa de la fiesta ante enfurecidos detractores de la tauromaquia. La discusión más encendida tuvo lugar en la noche de Santo Domingo -una de esas noches estrelladas, de suave brisa, que desagravian al viajero de la canícula del día-, en el corazón de la Ciudad Colonial, en la terraza de un restaurante desde la que no se veía el vecino mar, pero sí se lo oía.
Alguien tocó el tema y la señora que presidía la mesa y que, hasta entonces, parecía un modelo de gentileza, inteligencia y cultura, se transformó. Temblando de indignación, comenzó a despotricar contra quienes gozan en ese indecible espectáculo de puro salvajismo, la tortura y agonía de un pobre animal, supervivencia de atrocidades como las que enardecían a las multitudes en los circos romanos y las plazas medievales donde se quemaba a los herejes. Cuando yo le aseguré que la delicada langosta de la que ella estaba dando cuenta en esos mismos momentos y con evidente fruición había sido víctima, antes de llegar a su plato y a sus papilas gustativas, de un tratamiento infinitamente más cruel que un toro de lidia en una plaza y sin tener la más mínima posibilidad de desquitarse clavándole un picotazo al perverso cocinero, creí que la dama me iba a abofetear. Pero la buena crianza prevaleció sobre su ira y me pidió pruebas y explicaciones.
Escuchó, con una sonrisita aniquiladora flotándole por los labios, que las langostas en particular, y los crustáceos en general, son zambullidos vivos en el agua hirviente, donde se van abrasando a fuego lento porque, al parecer, padeciendo este suplicio su carne se vuelve más sabrosa gracias al miedo y el dolor que experimentan. Y, sin darle tiempo a replicar, añadí que probablemente el cangrejo, que otro de los comensales de nuestra mesa degustaba feliz, había sido primero mutilado de una de sus pinzas y devuelto al mar para que la sobrante le creciera elefantiásicamente y de este modo aplacara mejor el apetito de los aficionados a semejante manjar. Jugándome la vida -porque los ojos de la dama en cuestión a estas alturas delataban intenciones homicidas- añadí unos cuantos ejemplos más de los indescriptibles suplicios a que son sometidos infinidad de animales terrestres, aéreos, fluviales y marítimos para satisfacer las fantasías golosas, indumentarias o frívolas de los seres humanos. Y rematé preguntándole si ella, consecuente con sus principios, estaría dispuesta a votar a favor de una ley que prohibiera para siempre la caza, la pesca y toda forma de utilización del reino animal que implicara sufrimiento. Es decir, a bregar por una humanidad vegetariana, frutariana y clorofílica.
Su previsible respuesta fue que una cosa era matar animales para comérselos y así poder sustentarse y vivir, un derecho natural y divino, y otra muy distinta matarlos por puro sadismo. Inquirí si por casualidad había visto una corrida de toros en su vida. Por supuesto que no y que tampoco las vería jamás aunque le pagaran una fortuna por hacerlo. Le dije que le creía y que estaba seguro que ni yo ni aficionado alguno a la fiesta de los toros obligaría jamás ni a ella ni a nadie a ir a una corrida. Y que lo único que nosotros pedíamos era una forma de reciprocidad: que nos dejaran a nosotros decidir si queríamos ir a los toros o no, en ejercicio de la misma libertad que ella ponía en práctica comiéndose langostas asadas vivas o cangrejos mutilados o vistiendo abrigos de chinchilla o zapatos de cocodrilo o collares de alas de mariposa. Que, para quien goza con una extraordinaria faena, los toros representan una forma de alimento espiritual y emotivo tan intenso y enriquecedor como un concierto de Beethoven, una comedia de Shakespeare o un poema de Vallejo. Que, para saber que esto era cierto, no era indispensable asistir a una corrida. Bastaba con leer los poemas y los textos que los toros y los toreros habían inspirado a grandes poetas, como Lorca y Alberti, y ver los cuadros en que pintores como Goya o Picasso habían inmortalizado el arte del toreo, para advertir que para muchas, muchísimas personas, la fiesta de los toros es algo más complejo y sutil que un deporte, un espectáculo que tiene algo de danza y de pintura, de teatro y poesía, en el que la valentía, la destreza, la intuición, la gracia, la elegancia y la cercanía de la muerte se combinan para representar la condición humana.
Nadie puede negar que la corrida de toros sea una fiesta cruel. Pero no lo es menos que otras infinitas actividades y acciones humanas para con los animales, y es una gran hipocresía concentrarse en aquella y olvidarse o empeñarse en no ver a estas últimas. Quienes quieren prohibir la tauromaquia, en muchos casos, y es ahora el de Cataluña, suelen hacerlo por razones que tienen que ver más con la ideología y la política que con el amor a los animales. Si amaran de veras al toro bravo, al toro de lidia, no pretenderían prohibir los toros, pues la prohibición de la fiesta significaría, pura y simplemente, su desaparición. El toro de lidia existe gracias a la fiesta y sin ella se extinguiría. El toro bravo está constitutivamente formado para embestir y matar y quienes se enfrentan a él en una plaza no sólo lo saben, muchas veces lo experimentan en carne propia.
Por otra parte, el toro de lidia, probablemente, entre la miríada de animales que pueblan el planeta, es hasta el momento de entrar en la plaza, el animal más cuidado y mejor tratado de la creación, como han comprobado todos quienes se han tomado el trabajo de visitar un campo de crianza de toros bravos.
Pero todas estas razones valen poco, o no valen nada, ante quienes, de entrada, proclaman su rechazo y condena de una fiesta donde corre la sangre y está presente la muerte. Es su derecho, por supuesto. Y lo es, también, el de hacer todas las campañas habidas y por haber para convencer a la gente de que desista de asistir a las corridas de modo que éstas, por ausentismo, vayan languideciendo hasta desaparecer. Podría ocurrir. Yo creo que sería una gran pérdida para el arte, la tradición y la cultura en la que nací, pero, si ocurre de esta manera -la manera más democrática, la de la libre elección de los ciudadanos que votan en contra de la fiesta dejando de ir a las corridas- habría que aceptarlo.
Lo que no es tolerable es la prohibición, algo que me parece tan abusivo y tan hipócrita como sería prohibir comer langostas o camarones con el argumento de que no se debe hacer sufrir a los crustáceos (pero sí a los cerdos, a los gansos y a los pavos). La restricción de la libertad que ello implica, la imposición autoritaria en el dominio del gusto y la afición, es algo que socava un fundamento esencial de la vida democrática: el de la libre elección.
La fiesta de los toros no es un quehacer excéntrico y extravagante, marginal al grueso de la sociedad, practicado por minorías ínfimas. En países como España, México, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia y el sur de Francia, es una antigua tradición profundamente arraigada en la cultura, una seña de identidad que ha marcado de manera indeleble el arte, la literatura, las costumbres, el folclore, y no puede ser desarraigada de manera prepotente y demagógica, por razones políticas de corto horizonte, sin lesionar profundamente los alcances de la libertad, principio rector de la cultura democrática.
Prohibir las corridas, además de un agravio a la libertad, es también jugar a las mentiras, negarse a ver a cara descubierta aquella verdad que es inseparable de la condición humana: que la muerte ronda a la vida y termina siempre por derrotarla. Que, en nuestra condición, ambas están siempre enfrascadas en una lucha permanente y que la crueldad -lo que los creyentes llaman el pecado o el mal- forma parte de ella, pero que, aun así, la vida es y puede ser hermosa, creativa, intensa y trascendente. Prohibir los toros no disminuirá en lo más mínimo esta verdad y, además de destruir una de las más audaces y vistosas manifestaciones de la creatividad humana, reorientará la violencia empozada en nuestra condición hacia formas más crudas y vulgares, y acaso nuestro prójimo. En efecto, ¿para qué encarnizarse contra los toros si es mucho más excitante hacerlo con los bípedos de carne y hueso que, además, chillan cuando sufren y no suelen tener cuernos?
Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 0 invitados
No puede abrir nuevos temas en este Foro No puede responder a temas en este Foro No puede editar sus mensajes en este Foro No puede borrar sus mensajes en este Foro No puede enviar adjuntos en este Foro